HISTORIAS DE UN HOMBRE DECONSTRUIDO

miércoles, 20 de junio de 2012

VERNON


           Quedan lejos los días en que el nombre de Vernon Walser  asomaba a diario y a colación de casi cualquier tema, en los cafés de París. Y es que su fama, tanto dentro como fuera de los círculos artísticos de la ciudad, no dejó nunca de crecer a lo largo de los años sesenta; alimentada a partes iguales por la notoriedad de sus obras y los escándalos que día tras día aliñaban su vida licenciosa y poco dada a la discreción.

            Sin embargo el tiempo parece haber sabido cumplir su función de tamiz y, de entre los cientos de historias que cerca de medio siglo atrás orbitaron en torno a su figura, hoy podemos rescatar, sin dificultad alguna, las realmente trascendentales (y por ende verdaderas) e ignorar aquellos otros episodios que jamás habrían llegado a ser ni tan siquiera anecdóticos, de no ser por la frecuencia con que las malas lenguas adulteraron la realidad.

            Una de las fábulas más notorias de aquellos tiempos fue la que situó a Vernon Walser en el reservado de uno de los más aclamados cabarets de París, rodeado de diez prostitutas tailandesas que, sin dejar en ningún momento de cantar La Marsellesa, le dieron placer oral hasta provocarle cinco eyaculaciones, dos desmayos y un infarto (no necesariamente en este orden). Y, sin dejar de ser cierta esta historia, hoy podemos afirmar sin temor a equivocarnos que ninguna de aquellas prostitutas resultó ser Charles de Gaulle travestido, tal como aseveraron algunos diarios franceses a la mañana siguiente.

            No obstante, pese al revuelo formado tras aquel escándalo y las consiguientes amenazas por parte de las autoridades, tanto civiles como militares y eclesiásticas, de declararlo persona non grata, mandarlo fusilar y excomulgar (respectivamente y no necesariamente en ese orden), Walser no abandonó su estudio de París hasta dos años más tarde. Sólo entonces, aquejado por las deudas y en lo más profundo de un bache creativo, hizo las maletas y regresó al diminuto apartamento del Greenwich Village neoyorkino que lo viera crecer y despuntar como pintor casi una década atrás.

            Para su sorpresa y regocijo el apartamento estaba exactamente igual que cuando lo dejó, salvo por el pequeño inconveniente de que su casero se lo había alquilado a una familia de trapecistas húngaros que, en un alarde de generosidad, permitieron a Walser vivir con ellos y compartir el baño gratis a condición de no acercarse a menos de dos metros de la hija menor (una atractiva veinteañera que tenía la malsana costumbre de andar siempre desnuda por toda la casa). Éste, como gesto de gratitud, pintó un retrato de tan simpática familia titulado Gulash con onanista al fondo. Tal obra, expuesta actualmente en el Centro Pompidou de París, apenas supuso una salida temporal al bloqueo creativo de Vernon; bloqueo que, con el tiempo, derivó en una profunda depresión a causa de la cual se recluyó voluntariamente bajo el fregadero. Tan absurdo encierro (que apenas abandonaba diez minutos al día para salir a fumar) sólo tuvo fin al cabo de seis meses, cuando sufrió lo que los místicos denominan “una revelación” y los neurocirujanos “una embolia” y, armado con un desatascador, salió a la calle anunciando un nuevo orden en el Universo. Afortunadamente para él, Estados Unidos era por aquel entonces presa del New Age y el consumo desmedido de ácido y su proceder pasó inadvertido para todo el mundo con el que se fue tropezando, excepto para Andy Warhol, que justo acababa de bajar a la calle para comprar el pan, cuarto y mitad de jamón de York y un poco de peyote cuando se lo cruzó. Reconociéndolo al instante, Warhol lo invitó a su casa, le puso una manta sobre los hombros y le sirvió un plato de sopa caliente que debió de ser de su agrado, pues repitió.

            Hasta ese día, Warhol y Walser tan solo habían coincidió un par de veces en casa de un amigo común para jugar al parchís. Eso había sido a primeros de los años sesenta, poco antes de que Vernon se marchase a Europa y, aunque las carreras los dos artistas apenas estaban despegando entonces, ambos sentían una profunda y sincera admiración mutua.

            Fue por ello que, en cuanto Walser quedó saciado de sopa, Warhol le propuso quedarse en su casa una temporada y éste aceptó al instante.

            Craso error.

            Vernon, a los cinco días de instalarse, y tras una discusión que abarcó tres de ellos, quemó el peluquín de Andy con un soplete y este lo echó a patadas de su casa. Esta anécdota de la vida de Andy Warhol (la pérdida de su peluquín favorito) es apenas conocida dado que al día siguiente de aquello, Warhol recibió seis disparos y, por alguna razón, la prensa se centró más en esto último. Sin embargo, incluso aquel episodio quedaría finalmente eclipsado a su vez por el atentado que Robert F. Kennedy sufrió dos días más tarde. Un amigo común declaró entonces, visiblemente compungido, ante las cámaras de la televisión pública norteamericana: «¡Qué semanita! No ganamos para disgustos, oye». Y después se ahorcó.

            Vernon, no obstante, permaneció indiferente a todos estos sucesos; más que nada porque no se enteró de ellos. Y es que, según salió abruptamente por la puerta de la casa de Warhol, cayó a una alcantarilla. Como todo el mundo sabe, el sistema de alcantarillado de Nueva York no reúne unas condiciones de salubridad ni mínimamente aceptables, aparte de tener el inconveniente de estar plagado de humedades, cocodrilos y mutantes, mas todo lo anterior no fue óbice para que el pintor, tras deambular unas horas, decidiera instalarse en un tramo de alcantarilla situado en la 5ª Avenida (a la altura del Museo Metropolitano).

            Allí pasaría el resto de su vida, alimentándose de los deshechos de los neoyorkinos, durmiendo entre inmundicias y saliendo a la superficie ocasionalmente para comprar material de pintura, tabaco y champú anti-caspa.

            Su producción pictórica, aunque pueda resultar extraño a los no iniciados en el trabajo de Walser, fue sumamente prolífica durante esa etapa. Y es que, por alguna razón, Vernon recuperó la inspiración (algunos estudiosos han teorizado acerca de la posible liberación que encontró el artista al aislarse del mundo exterior; otros, en cambio, hablan de intoxicación grave por metano). Sea como fuere, el caso es que, aparte de las docenas de lienzos dedicados a plasmar los más diversos objetos que llegaban a las cloacas, realizó la que sin lugar a dudas terminaría siendo su obra maestra: un fresco sobre las paredes de las alcantarillas titulado Cuestión de inercia y que hoy día puede ser visitado de nueve de la mañana a cinco de la tarde todos los días de la semana previo pago de cinco dólares, con descuentos de hasta el 50% a grupos y menores de doce años. La entrada no incluye la visita a zonas de las alcantarillas más allá del área de exposición y la organización no se hará responsable de los objetos perdidos o extraviados, así como de posibles amputaciones fruto del ataque de los cocodrilos. Está prohibido fumar y dar de comer a los mutantes.

Lamentablemente Vernon Walser falleció antes de que su obra terminase siendo mundialmente conocida y apreciada, víctima de un infarto causado por el susto que se llevó una mañana al despertar y ver que no le quedaba tabaco.

            Su cadáver se expone actualmente en el Centro de Arte Moderno Reina Sofía de Madrid y, aunque el cuerpo está en un avanzado estado de descomposición, aún conserva el cabello sedoso y libre de caspa.



                   

viernes, 8 de junio de 2012

A2

Sarah Degel me entrevistó para el blog "Yo soy bibliófila". La entrevista forma parte de la serie de entrevistas que llevan a cabo entre ella y MaryLin, del blog "Los Libros de la Bruja". Esta iniciativa se llama A2 y desde aquí quisiera agradecer una vez más a Sarah Degel su interés y apoyo. Por cierto, la entrevista se cierra con un relato que escribí a petición suya y que titulé "Bebé muere engullido por su propio pañal". Aquí os dejo el link.
http://bibliofilayosoy.blogspot.com.es/2012/05/a2-entrevista-victor-marchan.html

lunes, 16 de abril de 2012

AQUEL OTRO ASUNTO

Mi última novela, ya a la venta.
De la mano de Editorial Amarante ve la luz Aquel otro asunto. Una novela con tintes pulp que en breve irá estando disponible en las principales bibliotecas virtuales y que ya (los más impacientes) podéis comprar aquí:

http://editorialamarante.es/ebooks/ficha/aquel-otro-asunto


Espero que os guste y disfrutéis de su lectura.

lunes, 2 de enero de 2012

LA MALETA

            Supongo que te debo una explicación. Bien, de acuerdo, es justo. Pero he de advertirte de que lo que voy a contar resultará difícil de creer.

            Todo empezó esta mañana, cuando salí a comprar una maleta nueva. Fui a unos grandes almacenes, de esos en los que saben atenderte con una delicada sonrisa (salvo que preguntes por el artículo más barato, en cuyo caso se limitan a señalártelo con la mano, siempre a una distancia prudencial, y desaparecer de tu vista antes de que tengas tiempo de parpadear) y, ya en la sección de viajes, me acerqué al primer vendedor que vi libre. Le saludé y le dije directamente lo que andaba buscando: una maleta grande, más que grande, enorme, negra y, a ser posible, de cuero.

            «Tenemos varios modelos grandes, más que grandes, enormes y negros, pero no tantos de cuero; lo más usual dentro de esas características son las maletas rígidas.»

            «Me gusta el cuero», respondí. «No es por fetichismo, es más por una cuestión de estilo.»

            La verdad es que ese detalle era el único que me daba igual, pero quería dar la impresión de ser esa clase de tipo que sabe lo que quiere y tiene las ideas bien claras; la clase de tipo que no soy.

            «Bien, aunque eso reduce algo las opciones, aquí tenemos unas cuantas maletas como la que anda buscando. ¿Cómo de grande, más que grande y enorme la quería?»

            «Lo suficiente como para poder meter dentro a una persona. Una persona adulta.»

            El dependiente no borró la sonrisa de su rostro ni un solo instante mientras me observaba como tratando de escanear mi imagen (supongo que para poder ofrecer a la policía una descripción lo más fiable posible de mí, si se diese caso de que en los próximos días los periódicos informasen de alguna misteriosa desaparición).

            «Bueno», arrancó a decir al fin, «eso depende… ¿La persona estaría viva o muerta? Lo digo por el rigor mortis, más que nada. Eso nos impediría poder manipular cómodamente el cuerpo y adecuarlo al tamaño de algunas maletas.»

            «Oh, no había pensado mucho en ese detalle, pero supongo que muerta… Sí, digamos que muerta.»

            «Claro…, sí, por supuesto, una persona viva probablemente se resistiría… ¿Y su intención sería meter el cuerpo de una pieza o desmembrado?»

            Se le veía oficio al tipo. Caía en todos los detalles y sus preguntas, indudablemente, tenían como único fin desechar posibles opciones antes de hacerme pasear tontamente a lo largo y ancho de la sección mostrándome maletas que, al final, no me servirían.

            «De una pieza.»

            El vendedor pareció quedarse absorto unos segundos, con los ojos mirando hacia algún punto situado a medio camino entre el infinito y lo más recóndito de su imaginación. Pero no tardó en volver a la realidad.

            «Aquí en la tienda sólo disponemos de un modelo que se ajusta a lo que desea, pero puede mirar algún otro en nuestro catálogo y pedirlo. Si no le importa esperar unos días, claro está.»

            «¿De cuánto tiempo estaríamos hablando?»

            «Bueno, antes habría que ponerse en contacto con el proveedor para comprobar la disponibilidad de la maleta que escogiese. Pero vienen a tardar entre una y dos semanas.»

            Hice un gesto de desaprobación frunciendo levemente el ceño y mudando mi sonrisa a una teatral mueca de disgusto.

            «Me temo que no puedo permitirme esperar tanto», contesté, «si fuese tan amable de enseñarme la que tienen aquí.»

            «Por supuesto, sígame, por favor».

            Atravesamos varios pasillos repletos de maletas de los más diversos colores y materiales que, alineadas rigurosamente en base a su precio, se exponían a ambos lados; quedando siempre a nuestra izquierda la gama más infantil, con dibujitos de héroes de cómic o el último estreno Disney. Hasta que al fin llegamos a la zona de maletas grandes, más que grandes, enormes y negras: El vendedor estaba en lo cierto y sólo una se acercaba a lo que yo buscaba.

            «Aquí está», dijo agarrándola y poniéndola en el suelo junto a mis pies, «grande, más que grande, enorme, negra y de cuero. Noventa por cien vacuno. ¡Proveniente de toros de lidia nada menos! Y diez por ciento equino, de mula afgana, para ser exactos. Puede contener algunas trazas de toreros muertos… Inapreciable en el acabado final que, como podrá observar, es perfecto.»

            Había oído hablar de las mulas de Afganistán y del excelente cuero que se conseguía de sus cuartos traseros. Claro, que tal detalle era lo de menos.

Estaba dudando. Era enorme, sí, pero no estaba seguro al cien por cien de que cupiese un cuerpo humano, adulto y sin trocear dentro de ella. De modo que le manifesté mi duda.

            «Si lo desea podemos hacer la prueba. Ábrala y me meteré dentro para comprobarlo. Mido un metro ochenta; si entro yo, entra casi cualquier persona.»

            «Sí, estaría bien, pero tendrá que fingir el rigor mortis», objeté.

            Me respondió que no era problema y que ya estaba acostumbrado porque su novia trabajaba maquillando cadáveres y solía practicar con él.

            Por lo que, tras agradecerle el gesto, abrí la maleta, metí dentro al dependiente y cerré para asegurarme de que la cremallera corría con facilidad. Así fue y me alegré de haber dado con la maleta ideal y con un vendedor tan majo y eficiente, pero al descorrer la cremallera… no estaba. ¡Había desaparecido!

Tras unos momentos de asombro, con los ojos abiertos como platos y la boca desencajada por la perplejidad, me dije a mí mismo que, seguramente, habría algún compartimento o un doble fondo indistinguible a simple vista, así que palpé el interior y abrí todos los bolsillos que vi por pequeños que estos fuesen, mas no hubo resultado. ¿Dónde carajo habría ido a parar aquel tipo? La maleta era grande, pero no tanto como para perderse dentro.

Sopesé un instante la opción de llamarlo, si bien la deseché enseguida, dado que si alguien me viese hablando con una maleta, sin duda pensaría que estaba loco y avisaría a seguridad. Entonces caí en la cuenta de había una manera más sencilla de comprobar si el vendedor continuaba dentro o se había esfumado… Y levanté la maleta. La levanté sin problemas; era imposible que hubiese alguien en su interior.

¿Qué hacer? ¿Qué hacer? ¿Qué hacer?

También podía largarme por donde había venido y olvidarme del tema, si bien era tal la curiosidad que me corroía por dentro que, si no hallaba una explicación (y de paso al vendedor), temía no poder dormir en un mes de la de vueltas que daría al asunto en mi cabeza.

Resignado, vencido, agaché finalmente la cabeza y me rendí ante la única forma que se me antojó medio razonable de satisfacer mi malsana y ya mencionada curiosidad: entrar yo mismo en la dichosa (grande, más que grande, enorme, negra y de cuero) maleta.

Y aparecí aquí… ¡Desnudo! Del vendedor ni rastro. ¡Vete a saber dónde habrá terminado él! Pero yo aparecí aquí justo antes de que abrieses la puerta.

No sé cómo. Supongo que es uno de esos misterios que hay que dejar estar, sin más. Pensemos en ello como algo mágico y a la vez… gracioso. Sí, sé que no te habrá hecho mucha gracia encontrarme aquí, en tu dormitorio y con tu mujer. Pero dale tiempo.

Tú dale tiempo.